El aire en el antiguo teatro de Taormina no soplaba; pesaba. Era un aliento cargado de siglos de traiciones, de sangre derramada sobre la piedra volcánica y de un silencio que solo los hombres que han ordenado ejecuciones saben mantener. Las ruinas romanas se alzaban a nuestro alrededor como costillas de un gigante muerto, y bajo la luz de la luna siciliana, las sombras de los cipreses parecían verdugos esperando su turno.
Caminé junto a Mavros por el corredor central del anfiteatro. El sonido