Capítulo 12: La quemadura del "casi"
El trayecto de regreso a la mansión de los Kyriakos fue un descenso silencioso hacia un infierno personal. El coche blindado, saturado con el olor a pólvora de la ropa de Mavros y el aroma a miedo que emanaba de mi propia piel, se sentía como una celda móvil. Yo me quedé acurrucada contra la puerta, mirando mis manos vendadas, ahora manchadas de la grasa del puerto y de la sangre que no era mía. Mavros no me tocó en todo el camino. Su perfil, recortado contra las luces moribundas de la madrugada