El frío del amanecer en la cabaña de los pinos era tan cortante que se sentía como si el aire mismo tuviera filos, una neblina espesa se arrastraba entre los troncos de los árboles, ocultando los cuerpos inconscientes de los hombres que yacían en el claro. Teníamos poco tiempo, el gas anestésico que Elena había activado no duraría para siempre, y el eco de las explosiones seguramente ya había alertado a las patrullas que no formaban parte del comando de asalto. Mateo con el rostro manchado de h