El rugido del motor de la furgoneta vieja era lo único que llenaba el silencio denso que nos envolvía mientras nos alejábamos de las ruinas humeantes de la prisión, dejando atrás el caos de las sirenas y los gritos que todavía resonaban en mi cabeza. Mateo manejaba con una tensión que se le marcaba en cada tendón del cuello, manteniendo la vista fija en el retrovisor, atento a cualquier par de luces que pudiera indicar que los mercenarios de los Hidalgo o la policía corrupta nos seguían el rast