El agua estancada me llegaba casi a la cintura, y el olor a lodo podrido se mezclaba con el humo de las chozas que ardían a nuestras espaldas, creando una atmósfera asfixiante que me quemaba los pulmones. Mateo me guiaba a través de las raíces retorcidas de los manglares, esas formas caprichosas que parecían garras emergiendo del fango para detenernos el paso. La oscuridad era nuestra única aliada, rota de vez en cuando por las ráfagas de luz de las linternas de los hombres de Santiago, que co