El agua salada todavía me escocía en las heridas de las piernas mientras avanzábamos por el lodo de la orilla, sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. El sol de la tarde empezaba a caer, pintando el cielo de un naranja sangriento que parecía un presagio de lo que estaba ocurriendo a nuestras espaldas. Mateo me sostenía con un brazo alrededor de la cintura, su respiración era un silbido ronco que me decía que su pierna estaba llegando al límite, pero sus ojos seguían fijos en el rastro de h