El sol comenzaba a castigar la arena cuando el rugido de unos motores distantes rompió la calma de la isla, transformando el paraíso en el que nos habíamos refugiado en una trampa de coral y roca. Mateo se puso en pie de un salto, ignorando el dolor de su pierna, y me tomó de la mano para arrastrarme hacia la espesura de las palmeras mientras las primeras lanchas rápidas aparecían como manchas negras sobre el azul del Caribe.
—¡Corre Martina y no mires atrás! —me ordenó, su voz cargada de esa