El calor de la piel de Mateo contra la mía era lo único que lograba silenciar el caos de mi cabeza. En esa habitación de hotel, envueltos en una penumbra que olía a peligro y a una entrega que llevábamos conteniendo meses, el mundo exterior había dejado de existir. Sus manos, firmes pero cargadas de una ternura que me desarmaba, recorrían mi espalda desnuda por el escote del vestido, mientras sus labios buscaban los míos con una urgencia que me hacía perder el sentido de la gravedad. Era un roc