La lluvia golpeaba con fuerza el techo de chapa de nuestra nueva casa de seguridad, un refugio olvidado en las afueras de la ciudad que olía a madera vieja y a la humedad de la tierra. Habíamos logrado burlar a los hombres de la tía Elena, pero las palabras de esa mujer seguían martilleando en mi cabeza: "Te hemos declarado muerta oficialmente". No era solo una amenaza, era una sentencia que me borraba del mundo, convirtiéndome en una sombra sin derechos ni voz.
Mateo cerró la puerta con doble