CAPITULO 14

La lluvia golpeaba con fuerza el techo de chapa de nuestra nueva casa de seguridad, un refugio olvidado en las afueras de la ciudad que olía a madera vieja y a la humedad de la tierra. Habíamos logrado burlar a los hombres de la tía Elena, pero las palabras de esa mujer seguían martilleando en mi cabeza: "Te hemos declarado muerta oficialmente". No era solo una amenaza, era una sentencia que me borraba del mundo, convirtiéndome en una sombra sin derechos ni voz.

​Mateo cerró la puerta con doble
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