El espejo me devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía, pero que me gustaba mucho más que la muñeca de porcelana que Santiago intentó fabricar. Llevaba un vestido de seda azul medianoche, tan ajustado que se sentía como una segunda piel, y un antifaz de encaje que ocultaba mis ojos pero resaltaba mi determinación. Ya no era la víctima; esta noche, bajo el nombre falso de Elena Valenti, yo era la cazadora.
Escuché la puerta de la habitación del hotel abrirse y un escalofrío me recorr