La mañana en la fortaleza de Amalfi no trajo paz. Varkas esperaba a Elena en un salón acristalado que daba al acantilado. No había rastro del hombre que la había besado con desesperación la noche anterior; en su lugar estaba el líder implacable que no aceptaba debilidades.
Sobre una mesa de mármol, la pequeña pistola de plata brillaba bajo el sol .
—Cogelo— ordenó varkas . Sus manos estaban ocultas en los bolsillos de su pantalón negro, y su mirada acero recorría a Elena con una frialdad nuev