El crujido de los huesos de Cassian aún resonaba en el aire, un eco fúnebre que sellaba el fin de una era. Kaelan permaneció de espaldas a mí, su silueta una mancha de dolor absoluto contra la pared blanca e impoluta de la clínica. El cuerpo de su amigo, su hermano de armas, yacía a sus pies, un testimonio silencioso de cuán rápido podían desmoronarse los cimientos de un mundo.
Mi madre murmuró, sus párpados se agitaban. La luz dorada de mi dolor había purgado la toxina, pero no podía protegerl