El silencio en el Coliseo de las Sombras era más ensordecedor que cualquier grito. Solo se escuchaban los jadeos entrecortados de Alistair, arrodillado y quebrantado, y el sonido de mi propia respiración, aún entrecortada por el dolor en mi garganta. La energía dorada que había estallado de mí se disipaba lentamente, dejando a su paso un vacío aún más profundo que el causado por la sangre de Kaelan. Un agotamiento que calaba hasta el alma.
Kaelan bajó de las gradas con movimientos lentos y deli