El mundo se redujo a las garras huesudas de la Esfinge, brillando con un veneno verde que ni siquiera mis sentidos amplificados habían detectado. El susurro del Archimago—“Despierta”— resonaba en mis oídos, una clave siniestra que explicaba el ataque. Él había liberado a la criatura antes, y ahora, en el santuario mismo del Concilio, había activado su letargo asesino.
No tuve tiempo de pensar, solo de reaccionar.
El instinto, forjado en el jardín abandonado y pulido por Cassian, tomó el control