STEFAN
Encendí el motor del Mercedes con un rugido que parecía reflejar la furia que aún hervía en mis venas. Morgan estaba sentada a mi lado, rígida como una estatua, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula apretada en una clara señal de desafío. Pero ese fuego en sus ojos... Joder, ese fuego era lo que me mantenía enganchado.
—Eres un maldito cavernícola, ¿lo sabías? —escupió, sus palabras afiladas como cuchillas mientras me lanzaba una mirada furiosa—. ¿Qué clase de hombre arra