El silencio en el inmenso vestidor de la suite principal era pesado, pero ya no estaba cargado de tensión; estaba saturado de anticipación.
Frente al espejo de tres cuerpos, Layla Lombardi se observaba con una fijeza analítica. La mujer que le devolvía la mirada no tenía absolutamente nada que ver con la novia pálida y temblorosa que había huido bajo la lluvia de Londres hacía meses.
Llevaba un vestido de alta costura confeccionado en seda negra líquida. La tela, pesada y fría, se adhería a su