El sonido de los cristales rompiéndose bajo el peso de Dante Lombardi fue lo único que alteró la quietud sepulcral de la oficina.
No hubo titubeos. No hubo un ruego de orgullo herido. Las afiladas astillas de la puerta destrozada y los fragmentos del ventanal roto perforaron la tela oscura de sus pantalones tácticos, clavándose profundamente en la carne de sus rodillas. La sangre caliente comenzó a empapar el tejido al instante, pero el rostro de Dante permaneció tallado en granito. Ni un múscu