El aire estaba pesado cuando entré en la oficialía de registro, el lugar frío y rígido que me aguardaba para sella r mi destino. El sonido de mis tacones retumbaba en el silencio de la sala, como un recordatorio de lo irrevocable que era todo esto. Mis manos temblaban de forma incontrolable, y, por más que trataba de ocultarlo, era imposible. Podía sentir cada latido de mi corazón, acelerado, en mi garganta.
Pietro estaba allí, de pie junto a una mesa, acompañado por su hermano Nikolas, supongo