El avión volaba tranquilo en el cielo despejado. La luz suave del atardecer se filtraba a través de las ventanas, tiñendo todo de un tono cálido que contrastaba con el torbellino de emociones en mi interior. Sentada junto a Pietro, que estaba absorto en su teléfono móvil, apenas podía concentrarme en el libro que había traído. Todo se sentía irreal. Solo unas horas antes, había pronunciado los votos que me unían a él en una ceremonia breve y sobria. Mi madre lloró, mi hermana parecía emocionada