No volví a mirar hacia el balcón. Lo decidí en el mismo momento en que mis tacones hicieron contacto con el mármol pulido del salón. Había cosas que dolían más si se veían dos veces. Y lo que había vislumbrado entre Pietro y aquella mujer —Serena— ya era suficiente tortura como para seguir alimentándola con mi propia curiosidad.
Me acerqué a la barra como quien huye, pero queriendo fingir que pasea. Me tomé un segundo para acomodar el vestido, que se me había pegado a la piel por el calor. Las