En aquella reunión, me sentí como una mosca en un vaso de leche. Todo olía a dinero antiguo y a perfumes con nombres franceses que yo apenas podía pronunciar. Las risas eran suaves, los comentarios medidos, y las sonrisas... esas sonrisas educadas que no alcanzaban los ojos. Todos ahí parecían hechos de otra pasta. Más rígida. Más reluciente. Y más fríamente calculada.
Asumí de inmediato que todos eran igual de ricos que Pietro. O, al menos, lo suficientemente ricos como para ser invitados a un