La puerta no estaba cerrada con llave.
Toqué una vez, apenas con los nudillos, casi deseando que no me oyera. Pero antes de poder llamarla por su nombre, la manija giró desde el otro lado.
Iba a salir.
Y nos quedamos ahí. Frente a frente. Demasiado cerca. Demasiado cargados.
Tragué saliva. Ella no dijo nada.
—Lo siento —solté por fin. La voz me salió ronca, densa, como mi aliento, lleno de whisky—. No debí reaccionar así. Pero ese bastardo… Lucas Rosetti me saca de mis cabales.
Valeria apretó l