Capítulo treinta y seis
Estaba sentada en la sala de espera de la clínica, mirando la pared blanca frente a mí. Las manos temblorosas las tenía entrelazadas, pero no podía dejar de frotarlas una y otra vez. A pesar de que el aire acondicionado estaba a toda marcha, sentía un calor insoportable. Mis pensamientos no me dejaban en paz, y cada segundo parecía un eterno recordatorio de lo que estaba en juego. Un miedo tan grande se apoderaba de mí que sentí como si me fuera a ahogar en él. Estaba completamente sola en todo