La vi levantarse con elegancia, la copa aún medio llena en su mano, y excusarse con una sonrisa rápida.
“Voy al baño”, dijo.
Asentí. No dije nada. No la detuve.
No porque no quisiera.
Sino porque necesitaba estar solo. Un maldito minuto de soledad.
Caminé hacia el balcón trasero. Estaba oscuro, lejos del bullicio de la cena. Solo las luces del jardín y el zumbido lejano de la música me acompañaban. Me apoyé en la baranda de hierro forjado, mirando hacia la noche como si las respuestas estuviera