Pero mi cuerpo ya no me respondía bien. Me faltaba el aire. Todo empezó a cerrarse. Las paredes. El cuarto. Yo.
Me incorporé con esfuerzo y logré llegar a la puerta, abrirla, buscar... Algo.
—¡Mateo! —grité, o creí hacerlo. No sé si mi voz salió.
Escuché pasos corriendo desde el ala principal. El señor Mateo apareció en el pasillo, descalzo, con una camiseta y los ojos abiertos por la preocupación. Me encontró en el marco de la puerta, con la respiración cortada, el cuerpo rígido.
—¿Rocío? ¿Qué