El sonido del llanto se apagó tras la puerta cerrada. Silencio. Por fin. Me detuve unos segundos a escuchar, por si acaso. Había aprendido que los niños, como los adultos, siempre tienen una forma distinta de manipular el ambiente. Con llanto, con ternura, con miedo. Pero conmigo esas cosas no funcionaban.
Me giré lentamente, regresando a mi estudio. Un escritorio limpio, una lámpara de lectura encendida, y la carpeta que lo contenía todo: documentos falsificados, contratos de adopción ilegal,