Fue en ese silencio cuando él se inclinó, sin brusquedad, como quien no quiere romper nada. Su frente tocó la mía. Cerré los ojos. El momento era frágil, de esos que, si se nombran, se rompen.
Sus labios rozaron los míos, pero no fue un beso completo. Fue apenas un roce, una promesa suspendida. Mis manos buscaron su pecho, no para alejarlo, sino para sentir que era real.
—No deberíamos… —murmuré, con la voz entrecortada. —Hay demasiadas leyes que prohíben esto, no va a acabar para nada bien.
—L