Sofía ya se había calmado. La tenía en brazos mientras caminaba de un lado al otro de la habitación, como si el movimiento pudiera aplacar también el temblor que aún me recorría las manos. Aún podía sentir la presión del empujón en el costado, el golpe contra el césped húmedo, el estallido repentino del llanto de mi hija. Todo estaba fresco, hirviendo dentro de mí.
Jennifer.
Nunca pensé que ese nombre pudiera ser más que una anécdota del pasado de Mateo. Pero ahí estaba, de carne, hueso y venen