87. EL REFUGIO DE RICARDO
VICTORIA:
Miraba a mi alrededor; al apagar el motor, todo se volvió muy oscuro. Lo vi bajarse con cuidado y venir hasta mí. Colocó una mano en la malla metálica que me había dado y me ayudó a desmontar.
—Ven, yo te guiaré; tú aguanta la malla —ordenó sin voltear, tomando mi brazo con firmeza—. Está cerca, detrás de ese montículo.
No veía nada, la nieve no dejaba de caer. Aguantaba fuerte la malla en mi vientre, mientras las manos de Ricardo me guiaban con firmeza. Con torpeza lo acompañé,