110. EL ENEMIGO DE SIEMPRE

VICTORIA:

Miré el mensaje y, aunque no tenía remitente, sabía quién lo había enviado. Por años lo había recibido; era de Matías Castellano. Miré los mensajes, salí del correo y me dediqué a trabajar en las cosas de mi empresa. No iba a permitir que nada perturbara mi felicidad. Mis bebés debían crecer dentro de mí saludables, aunque unos pequeños dolores me recorrían a veces, y eso me asustaba.

—¡Llegamos! ¡Felicidades, mamá de gemelos! —Era la voz estridente del asistente de mi tío. Javier e
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