Caía la madrugada sobre la ciudad como un velo de soledad e incertidumbre y Sam, sentada en el sillón del salón, contaba los segundos como si su vida dependiera de no perder la cuenta. La ira y furia de la mañana se había convertido en desesperación. Temía que les hubiera podido pasar algo, o que hubiera huido porque si era culpable de las acusaciones. No sabía cuál de las dos ideas le asustaba más, pero la incertidumbre estaba consumiéndola como un cigarro encendido.
Sin darse cuenta, el sue