El sonido atronador de la música de la planta de abajo se filtraba como un pulso rítmico, pero en esa sala privada, desde la cuál se veía toda la pista de baile, apenas era un eco distante.
El aire olía a cuero, a alcohol y a un perfume caro, un aroma que contrastaba con el olor a pan recién horneado de la casa de Fabio. Christian había servido a Sam una copa, y ella, sintiendo el cuerpo pesado, se sentó en el sofá, con los pies descalzos sobre la alfombra suave y gruesa. Christian la observab