El sol de la mañana se colaba por las rendijas de las cortinas, pero la luz no lograba disipar la oscuridad en la que Fabio se sentía sumergido. La noche anterior, las palabras de Sam y la humillante cena con Margareth se habían grabado en su mente como un tatuaje doloroso. No había conseguido dormir. Se había pasado la noche en el pequeño sofá de su dormitorio, con la cabeza gacha, sintiendo el peso de su propia estupidez. Se sentía avergonzado, roto, inútil. Había alejado a la única persona