El coche de Fabio se detuvo en el vasto aparcamiento de un parque de atracciones. Era un lugar pintado de colores vibrantes, lleno de música que se escuchaba a lo lejos y el sonido de las risas de los niños. Iván, que en el trayecto había estado callado, se soltó el cinturón y saltó del asiento con una energía que a Sam le hizo sonreír.
—¡Es enorme! —gritó Iván, con la voz llena de una excitación que Fabio no había escuchado en dos años.
Fabio miró a Sam y, por un instante, se sintió incómo