Ignacio llegó a la empresa con el entrecejo fruncido. La rabia e impotencia que sentía eran evidentes. Apenas cruzó la puerta y entró en su oficina, dejó caer el manojo de llaves sobre el escritorio con más fuerza de la necesaria.
Seguía molesto por lo que él, consideraba una total injusticia.
Se dejó caer en el sillón de cuero y abrió los documentos que debía revisar. Intentó concentrarse, pero su mente volvía una y otra vez al mismo punto.
“No le pienso fallar si eso le preocupa.”
Ignaci