Antonella acompañó a Luciano hasta la puerta.
—Te llamo luego. —dijo él, despidiéndose de ella con un beso tierno en los labios.
—Estaré esperando tu llamada. —murmuró la pelinegra con voz suave.
Luciano salió del apartamento y bajó las escaleras, ella lo siguió hasta que desapareció de su vista. Luego cerró la puerta lentamente, y regresó a su dormitorio con una sonrisa en los labios; una sonrisa que se negaba a desaparecer de su rostro desde que despertó en brazos de aquel hombre.
Antonella se sentía flotando en una nube. Nunca antes había experimentado una sensación de tanta dicha como en aquel instante. Aunque sonara egoísta, estaba feliz.
Entró en la recámara y, apenas cerró la puerta, se dejó caer de espaldas sobre el colchón, con los brazos extendidos a ambos lados.
—¡Luciano! ¡Luciano! —repitió su nombre una y otra vez.
Cerró los ojos, reviviendo aquel momento entre sus brazos. Como sus manos –las de él– acariciaban su cuerpo, sus pechos, su entrepierna. Tras aquel