Ignacio condujo atento a la sinuosa carretera. Aunque intentaba no pensar en Isabella, no lo conseguía. Era como si el aroma y la suavidad de su piel se hubiesen quedado grabados en su memoria, impregnados en su ser.
—Debí decirte la verdad —gruñó—. Decirte que me moría por besarte, joder. —escupió con enojo.
No supo cómo ni cuándo, Isabella se fue metiendo en su cabeza; pero no conseguía dejar de pensarla, y peor aún, de desearla.
El sonido de su móvil al vibrar en el asiento de al lado, lo sacó de sus pensamientos. Lanzó la mirada y vio reflejada en la pantalla la foto de su esposa junto con su nombre. Con un movimiento preciso, sin ver el teléfono, presionó el botón rojo finalizando la llamada de su esposa.
Segundos después, la pantalla nuevamente se encendió; está vez tomó el teléfono y lo colocó boca abajo sobre el asiento de cuero para no ver su rostro.
Mientras tanto, en la cocina, con el cariño de siempre, Isabella preparó el desayuno para su pequeño. Mientras untab