Ignacio condujo atento a la sinuosa carretera. Aunque intentaba no pensar en Isabella, no lo conseguía. Era como si el aroma y la suavidad de su piel se hubiesen quedado grabados en su memoria, impregnados en su ser.
—Debí decirte la verdad —gruñó—. Decirte que me moría por besarte, joder. —escupió con enojo.
No supo cómo ni cuándo, Isabella se fue metiendo en su cabeza; pero no conseguía dejar de pensarla, y peor aún, de desearla.
El sonido de su móvil al vibrar en el asiento de al lado