Luciano salió de la habitación con el alma devastada. La imagen de Margaret rodeada de tubos y mangueras, con el semblante pálido, frágil y al borde de la muerte, no dejaba de perseguirlo.
Había intentado quitarse la vida por su culpa. Todo era su culpa.
Avanzó por el pasillo del hospital con pasos torpes, aturdido por aquella cruel realidad. Sacó el móvil de su bolsillo, secó sus lagrimas con el reverso de la mano y, marcó el número de Antonella.
Cuando el teléfono de Antonella sonó, su he