Isabella dio un paso atrás y se llevó las manos a la boca. No podía creer que Germán, aquel pasado que había soterrado, ahora volviera a aparecer en su vida y nuevamente para hacerle daño.
—¿Cuándo ocurrió? —preguntó con voz trémula.
—El día que llegué a Madrid. Apenas estaba empezando a arreglar el apartamento. Fui a abrirle creyendo que era Luciano y… cuando abrí la puerta entró. —Le contó con detalle a su hermana lo sucedido—. Si él no hubiera llegado no sé lo que habría pasado.
Isabella se acercó a ella y la abrazó con fuerza mientras Antonella rompía en llanto.
—Lo siento, siento que hayas tenido que pasar por eso. —dijo entre sollozos—. Pondremos la denuncia Anto.
La pelinegra levantó el rostro con asombro pero también con miedo.
—¿Quieres decir que iremos a la comandancia?
—Sí. Esta vez, ese malnacido ha cruzado los límites. Por mucho tiempo pensé que era sólo conmigo. Que quería mostrar su poder sobre mí, pero que haya querido meterse contigo… eso es algo que no