Ignacio subió a su coche con el pecho ardiéndole de rabia. Condujo sin rumbo fijo durante varios minutos, apretando el volante con fuerza. Estaba convencido de que Isabela le estaba jugando sucio. Tenía que haber algo entre ella y Joaquín para que aceptara irse con él, a pesar de haberle dicho lo contrario.
Para Ignacio, ya no había dudas. Isabella le había mentido.
Mientras tanto, Isabella llegó a la mansión con Fabián. El niño estaba agotado; había almorzado en el colegio, uno fe los tantos