Antonella percibió de inmediato la palidez en el rostro de su hermana.
—¿Qué te pasa, Isabella? —preguntó, confundida—. ¿Por qué te pones así? ¿Qué ocurre contigo y con tu jefe?
Isabella respiró hondo. Ya no podía seguir guardando aquel secreto; necesitaba decirle a alguien lo que le estaba sucediendo, desahogarse, sacar lo que llevaba en el alma.
—Estoy enamorada de él… Estoy enamorada de Ignacio Montenegro.
Los ojos de Antonella se iluminaron y dio un pequeño salto de alegría.
—¡Ah, lo sabía! —exclamó—. Lo sabía desde el primer momento en que te vi llegar a la clínica con él. Se te notaba por los poros, Isabella. Y aun así me lo negaste una y otra vez.
—En ese momento no lo sabía —se defendió ella, con suavidad—. Fue algo repentino. No sé cómo ni cuándo ocurrió… solo sé que pasó. Estoy enamorada de Ignacio, y lo peor es que sé que no me pertenece. Es un hombre casado. Lo nuestro no puede ser.
Antonella bajó el rostro, comprendía demasiado bien por lo que estaba pasando su he