El coche avanzaba, mientras Antonella permanecía acurrucada en el asiento trasero. Tenía las rodillas pegadas al pecho, las manos inmóviles por las ataduras. El corazón le latía con tanta fuerza que apenas conseguía controlar sus latidos intentando respirar por la nariz.
Minutos después, el coche se detuvo. Finalmente habían llegado. Antes de que pudiera incorporarse, la puerta se abrió y una mano firme la sujetó del brazo.
—Sal. —Le ordenó el hombre.
En el momento que ella iba a levantar la