—Sí, soy Gianna —respondió la pelirroja y extendió la mano para saludar a la voluptuosa mujer.
—Mucho gusto, yo soy Irene Rodríguez, me dijeron que querías hablar conmigo.
Gianna asintió, emocionada, y se permitió unos segundos para apreciar la belleza de aquella chica. Era latina, aunque no reconocía el acento, y era más alta que ella. Poseía unas largas piernas que envidiaría cualquier modelo, una diminuta cintura, la cadera ancha y unos enormes pechos que eran imposibles pasar por alto. Adem