Agustín conducía el auto con el ceño fruncido, acelerando con cada queja que Marella dejaba escapar.
Miranda, sentada a su lado, le lanzaba miradas de preocupación, sin atreverse a hablar para no alterar aún más la tensa atmósfera.
En el asiento trasero, Dylan sostenía la mano de Marella con tanta fuerza que sus propios dedos comenzaban a entumecerse. No le importaba.
Su mirada estaba fija en ella, en su rostro pálido, perlado de sudor, en cómo mordía su labio, intentando contener los gemidos de