Eduardo observaba la cuenta del hospital con una mezcla de frustración y alivio. Aunque no quería depender del dinero de su padre, saber que alguien más había pagado la deuda le quitaba un gran peso de encima. Intuía que Dylan estaba detrás de aquello.
«¿Cómo es que tienes tanta suerte, Dylan?», pensó, apretando los dientes con rabia. Cada gesto de superioridad de Dylan era como una daga en su orgullo. «Debe haber una manera de destruirte. No puedes tener todo lo que yo siempre merecí».
Su mirad