Al día siguiente
Eduardo se levantó temprano. Apenas había logrado dormir durante la noche.
Las dudas que lo atormentaban parecían haber encontrado eco en el llanto inconsolable de la bebé, que llenaba la habitación con su pequeña pero insistente voz.
Miró hacia el lado de la cama donde Glinda seguía durmiendo profundamente, ajena al ruido y al caos que causaba su hija.
—La niña tiene hambre —dijo Eduardo, tratando de mantener la calma mientras la sacudía ligeramente para despertarla.
Glinda abr