Allí, parado en la entrada, con su porte firme y mirada llena de determinación, estaba Dylan, quien no apartaba la mirada del hombre que intentaba intimidar a su esposa.
Eduardo retrocedió involuntariamente al ver a Dylan, sintiendo cómo la rabia se transformaba en una mezcla de humillación y temor. La presencia de Dylan imponía respeto y autoridad; su sola llegada había desmantelado la seguridad que Eduardo había mostrado segundos antes. Mientras tanto, Marella lo miraba con orgullo, sintiendo