—¡Es mentira! ¡Mi hijo es incapaz de lastimar a una mujer! —gritó Yolanda, su voz cargada de rabia y desesperación.
Marella soltó una risa seca, amarga, que resonó en el aire como una sentencia.
Dylan apartó los ojos de Yolanda para mirar a Cecilia. Ella, con el rostro bañado en lágrimas, se aferraba al borde de la mesa, suplicante.
—¡Te lo juro, Dylan! —gimió—. No quería, no quería engañarte...
El rostro de Dylan permaneció frío, impenetrable.
—No te creo —dijo, con una calma que dolía más que