Las palabras no hicieron más que alimentar la decepción en los ojos de Máximo.
Soltó a Eduardo con un empujón que lo hizo tambalearse, y luego, sin pensarlo dos veces, levantó la mano y le propinó una bofetada sonora.
—¡Imbécil! —bramó, con la voz quebrada por la rabia—. ¡Me has decepcionado tanto!
Eduardo se llevó la mano al rostro, no solo por el dolor físico, sino porque las palabras de su padre lo aplastaron como una condena.
Máximo dio media vuelta, respirando agitadamente, mientras Yolanda