Cuando Darrel llegó a casa, el peso de la culpa lo aplastaba con cada paso.
Sus pensamientos se repetían como un eco interminable:
«Si no hubiese ido, si tan solo hubiera hecho las cosas de otra manera...»
Apenas cruzó la puerta, se detuvo, incapaz de avanzar, hasta que sintió los brazos de Mora rodearlo con fuerza.
Su calidez lo sacó momentáneamente de ese pozo de desesperación.
—¿Lo sabes? —preguntó él, con la voz quebrada, incapaz de mirarla a los ojos.
Ella asintió despacio, acariciándole e